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Bienvenid@ a mi blog, donde escribo desde mi experiencia sobre maternidad.

¡Ojalá te guste!

Primeriza cada vez

Primeriza cada vez

Antes de ser mamá, siempre me preguntaba si existían preferencias para madres y padres entre cada uno de sus hijos. No me cabía en la cabeza que uno pudiera querer tan intensamente, y de la misma forma, a cada uno. Lo pregunté varias veces y nunca nadie me respondió con sinceridad. La respuesta políticamente correcta es que si.  Pero una vez que fui mamá de 2 me di cuenta de los matices y resolví el misterio: Se les quiere por igual, pero si hay diferencias entre cada uno.

Tal como adelanté en uno de mis stories en IG (@catasat), con José siempre fue todo fácil. Fácil en el sentido de que era una guagua independiente, lloraba muy poco, se quedaba dormido solito en su cuna, muy simpático con todo el mundo, le sonreía (y sonríe) a todos, siempre se fue feliz con cualquier miembro de la familia. José fue una guagua, y ahora es un niño, que te hace la vida fácil en varios sentidos.

Tomás, en cambio, es súper mamón, desconfiado, no se va con nadie, se demora mucho rato en entrar en confianza con gente nueva y lugares desconocidos, no se lo puedo dejar a nadie, y es de llanto fácil. Además en las noches se despierta mucho y hay que hacerlo dormir en brazos, ¡no usa chupete!. Es una guagua mucho más sensible y complicada. Aunque tiene miles de otras cosas exquisitas.

¡Son tan distintos! y los dos me quitan el aliento. Los amo con mi vida y por igual. Pero eso no quita que Tomás me cueste mucho más que José. ¿Por qué nunca se habla de esto? Siento que con José tuve una experiencia de maternidad, y con Tomás otra completamente diferente. De alguna manera, soy una mamá distinta para cada uno. Porque realmente cada uno de mis hijos necesita cosas diferentes de mi.

Además de un tema de edad, porque Tomás está mucho más demandante aprendiendo a caminar, es una guagua de brazos, de contacto físico constante. Si estamos en la misma pieza, él no puede estar jugando en una esquina y yo sentada en la otra. El tiene que estar con su juguete arriba mío. José en cambio, siempre jugó solito, exploraba mucho, cada cierto rato se acercaba, pero en general súper independiente.

Puede que suene súper raro comparar a los hijos, pero es algo que uno hace constantemente y es inevitable. ¡Y no tiene una connotación negativa! Al revés, me encanta que sean tan diferentes, y ver que tienen sus personalidades tan marcadas desde guaguas. Es imposible no darse cuenta de sus diferencias.

Me derrito por José por su ternura, su alegría, siento que goza la vida siempre. Me muero por Tomás por lo regalón que es, por lo agrandado, porque cada vez que me ve mueve las patitas como un loco. Ambos son mis cachorros y los adoro por igual, sin embargo con uno tengo más paciencia que con otro. Uno es más intenso que otro. Uno cuesta más que el otro.

Podría estar horas jugando con José. Pintando, haciendo torres, jugando con los animales, mirando libros, etcétera. Con Tomás me cuesta mucho más. El quiere estar encima, no le interesan tanto los juguetes como mi pelo y mis anteojos, es súper alegón. Es una guagua demandante.

Pero por otro lado, podría estar regaloneando en la cama horas con Tomás. El se deja, le encanta jugar a los besos y me chupetea entera, lo que más le da risa tiene que ver con cosquillas, besos en el cuello, todo lo que sea piel. 

Lo más difícil son las noche, el momento en que más se nota lo diferentes que son, y cuando más cuesta lidiar con Tomás.

Con José tuvimos suerte. Un día cuando tenía como 7 meses lo dejamos en su cuna con juguetes mientras comíamos. Nunca hizo ruido ni nada, asique cuando terminamos de comer lo fuimos a ver y estaba dormido. Empezamos a dejarlo así todas las noches, y cada una de ellas se quedaba dormido solito. Cero llanto, cero alegato, NADA. José jugaba un ratito con sus cosas y de repente caía. Nosotros sólo lo acomodábamos y apagábamos la luz. Ahora ya más grande, miramos algún libro que le gusta y después le explicamos que se va ir a hacer tuto y que mañana seguimos jugando, le ponemos su chupete, lo acuestamos en su cuna con la luz apagada y listo. El se pone de lado, se tapa bien tapado, cierra sus ojos y se duerme. Es realmente maravilloso, y ¡resultó espontáneamente!. Me la hizo fácil, ¿no creen?

A Tomás es imposible dejarlo en la cuna con juguetes, no dura ni si quiera un segundo. Hay que ir hasta el baño con él. Una vez probamos hacerlo y no, no es lo suyo. Le da una pena negra estar solo. La única forma en que se queda dormido es en brazos, moviéndolo en una posición particular. Y ojalá en brazos míos. A mi marido no le resulta mucho. A veces si, a veces no. A mi siempre me resulta. Me puedo demorar 5 o 45 minutos, pero tengo que hacerlo dormir en brazos si o si. Una vez que se queda dormido, se despierta muchas veces por papa o por que no sabe volver a dormirse solito, y eso cansa mucho. Duerme como un recién nacido y tiene 1 año. Hay noches en que la desesperación y el cansancio me la ganan, y me enojo con él, aunque se que no tiene culpa de nada. Y otras veces se desvela, y te empieza a conversar, a aplaudir, a jugar está no está.... ¡y se me olvida que son las 5am y me lo como a besos! Sabe perfecto como hacerlo para sobrevivir jajaja. Con José nunca me pasó nada así. Nunca me había pasado de tener ganas de dejarlo en su cuna aunque llore, y cerrar la puerta. No lo he hecho porque me muero de la pena, pero las ganas si han estado. Con José no me pasó nada de esto. Conocí otra parte de mi como mamá. Una mamá cansada que pierde la paciencia, que se desespera y a veces hasta llora del cansancio y de no tener tregua. 

Deben estar pensando que José es ideal. Pero como todo niño (y toda persona) tiene hartas "otras partes" y la más dura es que le carga comer. Los almuerzos y comidas son una batalla todos los días, y eso es agotador. Mi gordo Tomás, en cambio, me facilita la vida en ese sentido, porque come de todo, abre la boca enorme, podría comer infinito, es como un barril sin fondo (igual a su madre).

Buscándole un nombre al post, se me vino a la cabeza este, "Primeriza cada vez", porque eso resume un poco lo que siento. La experiencia cambia con cada hijo, porque cada uno es diferente y exige de manera súper particular lo que necesita. Con José descubrí algunos lados de mi como mamá, y con Tomás otros. Cada uno me hace actuar según sus necesidades, y eso me ha convertido en una mamá primeriza por segunda vez. Sospecho que cada nuevo hijo nos hace una nueva mamá.  Cada uno es un mundo por descubrir, lleno de desafíos tan diferentes entre si, que nos hace transitar por nuevos roles en nuestra preciosa labor de mamás.

¿Cómo les fue a ustedes con el segundo?

 

Mil facetas

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Las cosas a su ritmo

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