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Bienvenid@ a mi blog, donde escribo desde mi experiencia sobre maternidad.

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Volver al trabajo

Volver al trabajo

Estoy empezando este post un día antes de volver a trabajar, después de casi 9 meses fuera. Hace rato ya que tenía ganas de volver. Estar en la casa con los niños cansa mucho. Y aburre también. Voy a ser lo más sincera posible, aunque me cueste y me sienta mal por decir lo que realmente me pasa. La culpa no me la va a ganar.

Mientras he estado en la casa, todos los días son como un desafío para mi. Me despierto muy temprano, como todas ustedes, feliz de ver a mis dos piojos chascones con cara de sueño, sonriéndonos cuando los sacamos de sus cunas. Me alegran y me quitan el sueño. Empieza el día. Darle la leche a José y darle pechuga a Tomás. Mudar y vestir a uno, mudar y vestir a otro, jugar un rato mientras Cristián se ducha, tomándome un café. Siempre me lo termino tomando frío. Llega la Vicky, mi nana amada, me ayuda con los niños mientras yo me meto a la ducha. Mientras me seco en el baño escucho llantos, me preocupo y me apuro. Salgo del baño y a jugar de nuevo. Mudar, consolar, jugar, dar pechuga. A las 11 empezamos con el almuerzo de Tomás. José se sube a la silla del lado, saca tierra de las plantas, se sube a la mesa de vidrio. Yo lo trato de controlar, mientras le doy almuerzo a Tomas. Termina de almorzar y empezamos con José, que por suerte come súper bien. Después lavar caras y manos, hacer dormir a José. Tomás también cae. Un par de horas de calma. Almuerzo tranquila, veo mi celular, a veces leo un poco. Lo disfruto demasiado. Tanto que me siento mal. Deseo con toda mi alma que no se despierten todavía, y me reprocho por eso. Despiertan los niños y a jugar de nuevo. Armo mochila y nos vamos a hacer algún panorama. A la plaza, a donde una amiga con niños, o a donde mi mamá. Me cuesta mucho quedarme todo el día encerrada con los niños, me empiezo a volver loca. Me siento mal por eso, creo que debería ser capaz de estar días enteros sola con los dos niños jugando. Salgo de la casa.  Subo al coche a uno, después a otro. Subo al auto uno, después al otro.  Lo mismo al revés, bajando a uno, bajando a otro. Corremos en la plaza, persigo a José para que no se vaya a la calle con Tomás en brazos. Después me subo a los juegos con José, pendiente de que Tomás no llore en el coche. O corro persiguiendo a José con Tomás en la Ergobaby, cuidando de no hacer movimientos que lo incomoden. Doy leche a José, doy pechuga a Tomás. De vuelta al departamento. Mazapán, bailamos un rato, hacemos torres con los legos mientras Tomás se da vueltas de un lado para otro. Empiezo a ver la hora para ver cuanto falta para que llegue Cristián de la oficina. Queda mucho rato todavía. Me digo a mi misma que no voy a ver el reloj de nuevo. Sigo jugando. José se cae y llora. Ya están cansados los dos, más llorones y sensibles. Jugamos un rato más y miro el reloj de nuevo. Ya se acerca la hora de comer. Prendo la tele, pongo Masha y el Oso. Todos los días me pregunto si les hará bien o mal ver televisión. Hilo más fino, y me pregunto si Masha y el Oso será sano. Tiene una velocidad que no me parece normal. José se hipnotiza, se ríe y aplaude viendo a Masha hacer tonteras. Yo miro con compasión al oso, me siento identificada. Armo silla de comer, instalo a José. Pongo a Tomás en la silla nido, pero empieza a alegar inmediatamente. Le paso un juguete y me voy a la cocina a preparar la bandeja con la comida. Escucho como José se ríe y Tomás se queja. Me apuro. Saco del refrigerador, pongo en un plato, caliento en el microonodas. Muelo el plátano, le pongo jugo de naranja. Llego con la bandeja, tomo a Tomás en brazos y le empiezo a dar la comida a José. A veces me escupe la comida, la tira al suelo. Yo trato de que se coma todo, está muy flaco. Al final lo logro. Apago la televisión, dejo a Tomás en su cuna, y le lavo la cara y las manos a José. Se llena de energía con la comida y corre por todos lados feliz. Llega Cristián y a mi me falta poco para tirarme al suelo y levantar banderita blanca. Cristián le pone pijama a José, juega un rato más con él y lo va a acostar. Yo por mientras juego con Tomás. En un buen día a las 9 están los dos durmiendo, y nosotros preparando nuestra comida. Nos acostamos a ver una película, vemos la mitad porque estamos cansados. Apagamos las luces. Se despierta Tomás. Le doy papa y lo hago dormir de nuevo. Y así. Todos los días igual.

Leo lo que escribí recién y me da vergüenza publicarlo, siento que soy la peor. Pero lo pienso más y me digo que es la verdad. Y que la culpa está en cada línea de lo que escribí. Todas las mamás cargamos con ella. Porque si o porque no. Y este blog es sobre la verdad, de lo lindo y lo no tan lindo. Demás está decir que mis niños son todo, son mi mundo, y lo que me hace más feliz. Eso no quita que a veces cueste. Y es terapéutico escribirlo y ojalá, leerlo.

En ese contexto tengo muchas ganas de volver a trabajar. De tener tiempo para mi. De conversar otros temas y retomar mi mundo laboral. De tomarme un café tranquila leyendo el diario y de enfocarme a full en la pega, salir un ratito del modo mamá. Me cuesta reconocerlo, pero me cansa ser mamá 24/7. La culpa me invade de nuevo.

Días antes de volver, me empezó a bajar una especie de angustia por dejar a los niños. Tengo la suerte de tener una nana maravillosa, más buena que el pan, que adora a los niños y ellos la adoran a ella. Pero igual me da pena, sé que conmigo están mejor. Me preocupa que José se aburra y que Tomás me eche mucho de menos. Siento que hoy mi lugar es con ellos, y que es egoísta de mi parte pensar en tener tiempo para mi.

Retomo este post hoy, después de mi primer día de trabajo.

Ayer en la noche no dormí nada pensando en como me sentiría hoy. En como iban a estar los niños sin mi. Y hoy me sentí bien. Salí tranquila de mi casa en la mañana, antes que Cristián, y eso ayudó. Dejé a los niños con su papá. Llamé varias veces a la casa para saber como están, y todo bien. Los niños con su rutina de siempre. Yo estuve relajada y disfrutando de la tranquilidad de un lugar de adultos.

Mi única conclusión de todo esto es que es sano escucharse y darse el tiempo que uno necesita. La culpa no ayuda en nada, solo confunde y no nos deja pensar con claridad. Yo reconozco que me estaba empezando a hacer falta trabajar y salir de la rutina de niños. Con todas estas emociones me hace más sentido que nunca el pensar que una mamá tiene que estar bien para poder criar hijos sanos y felices. Para ser una buena mamá, nuestra mejor versión. Hoy después de la oficina volví llena de energía, con ganas de jugar con ellos, con necesidad de estar con ellos y darles lo mejor de mi. Con eso, siento que estoy haciendo bien al volver a trabajar.

¿Qué sienten ustedes al respecto? ¿Qué les hace bien?

¡Cuenten su experiencia en los comentarios!

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