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Bienvenid@ a mi blog, donde escribo desde mi experiencia sobre maternidad.

¡Ojalá te guste!

Dulces sueños

Dulces sueños

Para los que somos papás, todos los días son bastante parecidos. Con la intensión de tenerles una rutina ordenada a los niños, terminamos viviendo como en El día de la Marmota. Y vale la pena, porque resulta. O por lo menos a nosotros nos resulta. Con José.

Cristián lo acuesta a las 8.30, y mientras yo hago dormir a Tomás. Generalmente nos resulta y a las 9 ya están los dos durmiendo. Ese es el momento en que comemos y vemos las noticias. O nos acostamos a "ver" una película (siempre nos quedamos dormidos a los 40 minutos). Casi siempre a las 10 ya estamos con la luz apagada, listos para dormirnos. Pero empieza la película de terror...

Escena número uno: Son las 11.30 pm y Tomás se despierta inquieto. Lo tomo, lo hago dormir, lo acuesto, sigo durmiendo. 

Escena número dos: 2.30 de la mañana y Tomás se despierta con hambre. Lo acuesto al lado mío y le doy papa. Lo pongo al medio de la cama porque me da susto que se caiga. Yo quedo en una posición totalmente antinatural, dándole pechuga acostada, tratando de protegerlo de que mi marido le pegue un codazo sin querer, y haciendo equilibrio para no caerme de la cama. No sé como, pero me quedo dormida.

Escena número tres: Me despierto incomodísima. Son las 3.15 de la mañana. Trato de poner a Tomás en su cuna sin que se despierte, pero no lo logro. Me lo pongo nuevamente en la pechuga hasta que se queda completamente dormido. Dan las 3.40 de la mañana. Me acuesto nuevamente.

Escena número cuatro: Son las 5 am y Tomás se despierta de nuevo, esta vez conversando, haciendo ruido con las sábanas, moviéndose mucho. ¡Se desveló! Lo miro y me sonríe. Yo lo tomo, le hablo un poquito, le doy unos besos (es irresistible), y trato de hacerlo dormir, pero está demasiado despierto. Me empiezo a desesperar, no he dormido nada en toda la noche. Miro para el lado y Cristián está durmiendo. Me empiezo a enojar. Yo me he despertado 200 veces, y el sigue durmiendo. Sé que soy yo la que tengo la pechuga, pero por lo menos que se despierte a dar apoyo moral, pienso. Empiezo a alegar en voz alta "Este enano me va a matar", "estoy raja, no he dormido nada", "CTM". Nada, él sigue durmiendo.  Me siento en la cama. Más bien, me tiro en la cama. Se despierta. Me mira somnoliento: "¿Qué pasa?" y ahí se desataba mi furia: "¡cómo que que pasa! no he dormido en toda la noche, este enano me va a matar, y ahora esta desvelado (Tomás nos mira y se ríe, hace gracias) te toca hacerlo dormir a ti". A pesar del monstruo que debe ver Cristián, se compadece de mi y toma a Tomás en brazos y se lo lleva al living para hacerlo dormir. Yo aprovecho de ir al baño y lo que veo en el espejo me espanta. Una mujer con cara de zombie, chascona y con el pijama desabotonado entero, mitad pilucha.

Escena número cinco: Llevo durmiendo un rato en silencio, hasta que escucho a Tomás llorar. Abro los ojos y está Cristián en la pieza con Tomás en brazos, llorando. Me mira con cara de resignado, no logró hacerlo dormir. Miro el reloj y sólo pasaron 20 minutos desde que se despertó Cristián. Desde que lo desperté yo, mejor dicho. Lo miro con cara de odio y pesco a Tomás, me lo pongo en la pechuga, y se empieza a quedar dormido de nuevo. Le doy papa un rato y lo dejo en su cuna. Me acuesto como a las 5.45 am.

Escena número seis: Suena el despertador, son las 7 de la mañana. Todos duermen. No se si reír o llorar. Me voy e a la ducha, ¡empezó el día!

Cuando me salgo de la ducha, Cristián ya está con Tomás despierto metido en la cama. Yo, a pesar de todo, después de la ducha revivo. "¿Como amaneciste, mi amor?" Le pregunto a Cristián. "Raja, dormí pésimo". Y me baja la rabia de nuevo. "¿Tù estás raja? ¡de qué, por favor! dormiste casi toda la noche de corrido, y yo le di papa 300 veces a Tomás, no seas patudo, por favor" E inevitablemente empieza una competencia estúpida de quien está más cansado. Finalmente no termina en nada y la dejamos atrás sin rencores, sabemos que no tiene ningún sentido.

Todo lo anterior se repite todas las noches. O casi todas. Cristián paga el pato por mi falta de sueño y frustración. Pobrecito. No tiene la culpa. Hacemos todo lo de la casa y los niños a la par, pero lamentablemente no tiene pechugas y no me puede ayudar con la agotadora labor de contener y alimentar a nuestro Tomás. Eso no quita que en la noches, con la desesperación de quien no logra descansar, se coma las focas y caras de poto más grandes que ha visto en su vida. Y una que otra putiada en la mañana. Por suerte todo queda ahí, se entiende el contexto y a la hora de almuerzo hablamos como si nada.

Cuento todo esto y me río. Es muy dramático, y en verdad estoy agotada, pero es una etapa en la que nadie me puede ayudar. Siempre me pregunto como es que logro funcionar de día, con tan pocas horas de sueño. Al parecer hay una hormona que juega un papel importante en esto. Debe ser, porque si no debería estar chocando contra las paredes.

Con mis amigas y sus maridos conversamos de esto y nos matamos de la risa, porque parece que a todas nos pasa. Esos gritos nocturnos desesperados para despertar a los maridos, para pedir ayuda. Y la frustración de saber, en el caso de las que damos pechuga, que nadie nos puede ayudar. Yo de verdad me cuestiono todas las noches si quiero seguir dando pechuga. Pero después pienso en estar en la misma, pero calentando una mamadera, y prefiero meterme a la cama en la posición antinatual con la guagua y tratar de dormir un poquito, más que sea.

Es una etapa, me digo a mi misma. En algún minuto vamos a volver a dormir bien. Por lo menos 6 horas de corrido. Porque dormir como antes de ser mamá, ¡nunca más! Yo ya hice la pérdida.

¿Cómo son sus noches?

El momento perfecto

El momento perfecto

¡A jugar!

¡A jugar!